Feb 24 2009
EL CONTEXTO HISTÓRICO DEL ANTIGUO TESTAMENTO

Por Samuel Pagán Basado en el libro "Descubre la Biblia"
El Antiguo Testamento se formó en el devenir de la historia del pueblo de Israel. Su mensaje hace referencia a acontecimientos concretos y a relatos históricos. Sin embargo, su objetivo es presentar el testimonio de la fe de un pueblo.
El comienzo: la historia primitiva (… 2400 a.C.)
La primera sección del libro de Génesis (caps. 1-11) se denomina comúnmente como la historia primitiva o «primigenia», y presenta un panorama amplio de la humanidad, desde la creación del mundo hasta Abraham. El objetivo es poner de manifiesto la condición humana en la Tierra. Aunque al ser humano le corresponde un sitial de honor por ser creado «parecido a Dios mismo» (1.27). Su desobediencia, en cambio, permitió la entrada del sufrimiento y la muerte en la historia. En ese marco teológico va a desarrollarse la historia de la salvación.
Los patriarcas (2200-1700 a.C.)
En la segunda sección del libro de Génesis (caps. 12-50) se presentan los orígenes del pueblo de Israel. El relato comienza con Abraham, Isaac y Jacob; continúa con la historia de los hijos de Jacob (Israel)-José y sus hermanos-; prosigue con la emigración de Jacob y su familia a Egipto, y finaliza con la vida de los descendientes de Jacob (Israel) en ese país.
El libro de Génesis destaca las relaciones de parentesco de los patriarcas: Abraham, Isaac y Jacob se presentan en una secuencia de generaciones. Isaac, el hijo de Abraham y Sara, engendró dos hijos de Rebeca: Esaú y Jacob. Jacob, que se identifica también como Israel, fue el padre de doce hijos, de quienes posteriormente, según el relato bíblico, surgirán las doce tribus de Israel. A través de José-uno de los hijos de Israel-el grupo llegó a Egipto, desde donde serían liberados por Moisés. Desde la época de José (ca. siglo XVII a.C.) hasta la de Moisés (ca. siglo XIII a.C.), no se tienen amplios conocimientos sobre el pueblo de Israel y sus antepasados.
El éxodo: Moisés y la liberación de Egipto (1500-1220 a.C.)
Tres tradiciones fundamentales, que le dieron razón de ser al futuro pueblo de Israel y que contribuyeron al desarrollo de la conciencia nacional, se formaron entre los siglos XV-XIII a.C.: la promesa a los patriarcas; la liberación de la esclavitud de Egipto; y la manifestación en el Sinaí. Moisés enlaza la fe de Abraham, Isaac y Jacob, la liberación de Egipto, el peregrinar por el desierto y la entrada a Canaán.
Durante el período de conquista y toma de posesión de la tierra, los grandes imperios de Egipto y Mesopotamia estaban en decadencia. Canaán era un país ocupado por poblaciones diferentes. La estructura política se caracterizaba por la existencia de una serie de ciudades-estado, que tradicionalmente habían sido leales a Egipto. La religión cananea se distinguía por los ritos de la fertilidad, que incluían la prostitución sagrada. Entre sus divinidades se encontraban Baal, Aserá y Astarté. La economía de la región se basaba en la agricultura.
Período de los jueces (1200-1050 a.C.)
El período de los jueces puede estimarse con bastante precisión entre los años 1200 y 1050 a.C. A la conquista y toma de Canaán le siguió una época de organización progresiva del territorio. Ese período fue testigo de una serie de conflictos entre los grupos hebreos y las ciudades estado cananeas. Finalmente, los antepasados de Israel se impusieron a sus adversarios y los redujeron a servidumbre (Jue 1.28; Jos 9).
El período de los jueces se caracterizó por la falta de unidad y organización política entre los grupos hebreos. Durante ese período se fueron asimilando paulatinamente la cultura y las formas de vida cananeas. Esa asimilación produjo prácticas sincretistas en el pueblo hebreo: la religión de Yavé-el Dios hebreo identificado con la liberación de Egipto-incorporó prácticas cananeas relacionadas con Baal, conocido como señor de la tierra, quien garantizaba la fertilidad y las cosechas abundantes.
La monarquía: Saúl, David, Salomón (1050-931 a.C.)
A fines del siglo XI a.C., los filisteos ya se habían expandido por la mayor parte de Palestina; habían capturado el cofre del pacto o de la alianza, y habían tomado la ciudad de Silo (1 S 4). Ante esa realidad se formó, por imperativo de la política exterior, la monarquía de Israel (1 S 8-12).
El reino de Israel alcanzó su máximo esplendor bajo la dirección de David (1010-970 a.C.). Con su ejército, incorporó a las ciudades cananeas independientes; sometió a los pueblos vecinos y conquistó la ciudad de Jerusalén, convirtiéndola en el centro político y religioso del imperio (2 S 5.6-9; 6.12-23). Con David comenzó la dinastía real en Israel (2 S 7). Salomón sucedió a David en el reino, luego de un período de intrigas e incertidumbre (1 R 1). Su reinado (970-931 a.C.) se caracterizó por el apogeo comercial (1 R 9.26-10.29) y las grandes construcciones.
La monarquía: el reino dividido (931-587 a.C.)
El imperio creado por David comenzó a fragmentarse durante el reinado de Salomón. Luego de la muerte de Salomón, el reino se dividió: Jeroboam llegó a ser el rey de Israel, y Roboam el de Judá, con su capital en Jerusalén (1 R 12).
El reino de Judá subsistió durante más de tres siglos (hasta el 587 a.C). El reino del norte no gozó de tanta estabilidad y cayó en manos de Asiria. Con la destrucción del reino del norte, Judá asumió el nombre de Israel.
El imperio asirio continuó ejerciendo su poder en Palestina hasta que fueron vencidos por los babilonios. Nabucodonosor, finalmente conquistó Jerusalén en 597 a.C. Esa derrota de los judíos ante Nabucodonosor significó la pérdida de la independencia política; el colapso de la dinastía davídica (cf. 2 S 7); la destrucción del templo y de la ciudad (cf. Sal 46; 48), y la expulsión de la Tierra prometida.
Exilio de Israel en Babilonia (587-538 a.C.)
Al ser conquistada Judá el país quedó en ruinas. Aunque la mayoría de la población permaneció en Palestina, un núcleo considerable del pueblo fue llevado al destierro.
El período exílico (587-538 a.C.), que se caracterizó por el dolor y el desarraigo, produjo una intensa actividad religiosa y literaria. Durante esos años se reunieron y se pusieron por escrito muchas tradiciones religiosas del pueblo.
Ciro, el rey de Anshán, se convirtió en una esperanza de liberación para los judíos deportados en Babilonia (Is 44.21-28; 45.1-7). Luego de su ascensión al trono persa (559-530 a.C.) y su entrada triunfal a Babilonia (539 a.C.) puso de manifiesto su tolerancia religiosa al promulgar, en el 538 a.C., el edicto que puso fin al exilio.
Época persa, restauración (538-333 a.C.)
El edicto de Ciro (Esd 1.2-4; 6.3-5) permitió a los deportados regresar a Palestina y reconstruir el templo de Jerusalén. Posteriormente Nehemías, copero del rey Artajerjes I, contribuyó significativamente a la reestructuración de la comunidad judía postexílica (Neh 10) y Esdras, el sacerdote contribuyó a que la comunidad judía postexílica diera importancia a la ley.
Época helenística (333-63 a.C.)
La época del dominio persa en Palestina (539-333 a.C.) finalizó con las victorias de Alejandro Magno (334-330 a.C.), quien inauguró la época griega (333-63 a.C.). Pero después de la muerte de Alejandro (323 a.C.), sus sucesores no pudieron mantener unido el imperio. Palestina quedó dominada primeramente por el imperio egipcio de los tolomeos o lágidas (301-197 a.C.) y posteriormente, por el imperio de los seléucidas.
Durante la época helenística, el gran número de judíos en la diáspora hizo necesaria la traducción del Antiguo Testamento en griego, versión conocida como Los Setenta (LXX).
Al comienzo de la hegemonía seléucida en Palestina, los judíos vivieron una relativa paz religiosa y social. Sin embargo, esa situación no duró mucho tiempo. Antíoco IV Epífanes (175-163 a.C.), un fanático helenista, al llegar al poder profanó el templo de Jerusalén. Judas, conocido como «el macabeo», hijo de un sacerdote judío, inició una rebelión junto con sus hermanos y en el año 164 a.C. tomó el templo de Jerusalén. Con el triunfo de la revolución macabea comenzó el período de independencia judía. Finalmente, el famoso general romano Pompeyo conquistó a Jerusalén en el 63 a.C., y reorganizó Palestina y Siria como una provincia romana.
La época del Nuevo Testamento coincidió con la ocupación romana de Palestina. Esa situación perduró hasta que comenzaron las guerras judías de los años 66-70 d.C., que desembocaron en la destrucción del segundo templo y de la ciudad de Jerusalén.